Katanzama un Viaje sin Regreso
El pasado 17 de agosto emprendimos un viaje a lo más profundo del pensamiento, de nuevo Telefónica convocaba a sus voluntarios a participar en una actividad denominada Vamos Magdalena - Vamos Colombia, una actividad donde nosotros como empresa aportaríamos desde nuestras capacidades y habilidades, un grano de arena en la reconstrucción del tejido humano, de un sector que ha sufrido los abatimiento de la violencia, el abandono y discriminación por parte del Estado y de la sociedad misma, ese llamado retumbo en nuestros oídos semejante al caracol, ese ruido taladró nuestro pensamiento, alborotó nuestros corazones, esos tambores retumbaban como si nos convocaran espiritualmente.
Quisiera pensar que el azar intervino para la elección de los 4 fantásticos, pero hoy comprendemos porque las cosas suceden como suceden, esos misteriosos llamados fueron cómplices de lo que posteriormente vivimos en todos los rincones de katanzama. La espera del aeropuerto presagiaba, rostros diferentes de ayer, de hoy y de mañana, cada llegada, cada delegación, cada sonrisa, cada madrina, cada padrino, convocaba a sumergirse en un mundo que atraparía nuestras vidas.
Voluntarios Telefónica Movistar
De pronto anunciaron que debíamos partir, abordamos los transportes en silencio, mudos, era la primera vez que muchos de los que abordaron ese bus recorrían el Magdalena, esa Magdalena grande donde confluyen tribus ancestrales que se limitan dentro del respeto y la convivencia. Fueron dos horas de viaje, de preguntarnos como seria Katanzama, que escondería en medio de sus creencias y cómo reaccionarían las nuestras.
El bus detuvo su curso, dio marcha atrás y todos internamente nos preguntábamos que habría pasado, estábamos frente a la entrada de una finca, descendimos y por orden dispusimos el equipaje dentro de unos vehículos que los llevarían al sitio donde estaríamos concentrados en estos cuatro días, una voz lideraba el debemos continuar a pies, llegamos a un sitio donde había un pasacalle dándonos la bienvenida, ese desplazamiento duro unos 30 minutos caminando, emprendimos el viaje en contacto con la naturaleza, atravesamos ríos, pendientes, caminos llenos de lodo, armonizados por los acordes de los monos aulladores presagiando la venida de algo, como si estuviesen conectados con Katanzama dándonos la bienvenida. Llegamos al sitio descrito donde la pancarta de bienvenida esperaba a todos los voluntarios, la misma voz pidió con armonía hacer silencio y entrar ordenadamente mientras la comunidad reunida esperaba por nosotros sus hermanitos menores. Uno a uno fuimos ocupando el sitio que el destino y ellos estipularon, de nuevo ese silencio sepulcral invadió el árbol donde el Mamo sentado en su trono establecía las distancias espirituales, masticando el tiempo, mientras escribía en su poporo lo que su corazón le dictaba, era una mirada penetrante, desconfiada y a la vez paternal, llena de sabiduría.
De pronto otro mamo intervino de golpe, era el, el dueño de la palabra, el de la interpretación, como José susurraba los sueños, él se encargaba de transportarnos al pasado recorriendo sus sueños, las pérdidas de su linaje, de sus enseñanzas, de la oralidad, del conocimiento, ese era Katanzama, la tierra donde los escogidos formarían el destino de su pueblo, ahí estaríamos todos reunidos, expectantes y el insistía para que nuestra energía ayudara en la abundancia de la tierra , en la fecundidad del rio , en la humedad del mar y en la luz infinita de las estrellas. Esa tarde nuestras vidas cambiarían para siempre, aquel arhuaco de estampa fornida y voz sabia, consultaba al mamo Camilo, Camilo con voz pausada casi imperceptible se dirigía al elegido para traducirnos sus pensamientos, Camilo es un mamo sabio de andar pausado, nadie entendía lo que expresaba, luego Danilo su interprete expresaría lo que abriría el camino definitivo. Haríamos un ritual, con unos algodones divididos en cuatro partes, los transformaríamos en gusanitos y en ese recorrido, depositaríamos todos los pensamientos positivos, para elevar la fertilidad de Katanzama, pero el misterio rondaba , en mi corazón sentía que aquel ritual buscaba limpiarnos espiritualmente para aprobar nuestra estancia en Katanzama, sentía el recorrido de la brisa marina como si esculcara en nuestro rostro lo malo para llevarlo sin regreso, esos algodones fueron depositado en un lugar seguro: dos en la parte derecha y dos en la parte izquierda , para luego ser consumido por el fuego, ese purificador fuego espiritual. Ahí se aprobó todo, ya podríamos estar en Katanzama, los espíritus nos aceptaron, estábamos limpios, sin contaminación, ahora el desafío era purificar los corazones, pero para ello tendríamos que aprender a compartir sus vivencias existencialmente hablando, habría que reencontrarnos, sentir el perdón, hablar, conocernos, ellos, nosotros, los unos y los otros.
Caída la noche, nos dispusimos a organizarnos para dormir, dieron a escoger: las niñas en los salones de la escuela de Katanzama, unas en colchonetas, algunos en carpas, alguien mencionó que el mamo invitaba a 20 voluntarios a dormir en hamacas dentro de su entorno; en una de las casas o bohíos, como a 500 metros del campamento, a oscuras, separados por un toldo como capullos de sedas, con un calor infernal pretendíamos dormir cuando un arsenal de ronquidos , cual batalla en el inframundo inundaban las hamacas, sentía que la noche era infinita; solo esperar el amanecer para recorrer los 500 metros hacia el baño, ese camino a tientas con las lámparas como luciérnagas que se entrecruzaban en el destino matutino y ahí esta postrado en la inmensidad el paisaje de palmeras , estrellas en el amanecer, hermosa rutina que demarco nuestros días. No terminaba de salir el sol cuando el equipo de telefónica esperábamos todos listos para comenzar la rutina diaria, éramos los primeros siempre, ayudábamos a poner las mesas, el desayuno, se murmuraba que éramos los más puntuales, que no dormíamos como una especie de noctámbulos, de esa manera nos ganamos una reputación dentro de las delegaciones y continuó así hasta el día de la partida.
El segundo día comenzó con energía, todos nos dispusimos a estirar los músculos, la delegación de Sura dirigió la orquesta, de esa forma evitaríamos distenciones, lesiones porque la hora de ejercitar los músculos había llegado, las madrinas de cada voluntariado habían socializados las actividades bien definidas, unos para la huerta, otros para el cerramiento, otros en obras campamento, reforestación y por ultimo finca cacaotera, después del desayuno y la rutina de ejercicios cada uno preparó el arsenal para el combate; guantes , botas, cascos, gafas y un corazón inmenso etc. Mucha hidratación gritaban, y salimos. Los de la huerta y obras campamento se quedaron con sus guías organizando trabajos de limpieza y excavación, importante porque sería la reconstrucción de sus principios de ingeniería aplicadas a la agricultura y al manejo de los suelos de la manera ancestral, para ello se necesitarían cadenas humanas, que abrazadas entre si cargaran cada roca, cada piedra, para cimentar el futuro agrícola de la comunidad, pero antes la delegación de Pavco se encargaría de todo lo concerniente al riego, las tuberías y el diseño de los tanque de suministro de agua para la distribución del vital líquido con el apoyo monumental de las fuerzas armadas , los del campamento comenzaban a ir a venir, a pintar las aulas para cambiar la mirada de los niños. Otros marchaban al sitio del cerramiento nadie sabría exactamente que habría pasado con a aquellos que marcharon lejos, pero lo que si sabíamos era que un grupo de trashumantes cargaban en sus hombros rocas inmensas, como atlas sosteniendo el mundo para edificar piedra a piedra, roca a roca, el cerramiento de sus límites, pero a la manera antigua, rompiendo la roca a mano sin instrumentos, sin tecnología, era una lucha terrible del hombre frente a la roca, encontrando fisuras por donde fraccionar sus destinos y ahí estaba acertando el golpe y consumiendo cada pedazo de aquellos monstruosos huevos prehistóricos como lo describió Gabo en cien años de soledad.
Me llega a la mente la inocente caminata a la estación o planta cacaotera, caminábamos desprevenidos, unos cantaban , otros simplemente intercambiaban experiencias, costumbres, palabras, sin saber que ese día encontraríamos una aventura digna de ser contada, llegábamos a la planta donde se nos ordenó armar tres grupos , uno de limpieza dentro de la planta y otros de limpieza en el exterior, recogiendo, apilando malezas y podando los jardines, había que lavar todo y dejarlo impecable, estas actividades nos dejaron extenuados debíamos almorzar ahí insitu, ya que no podríamos regresar al campamento porque deberíamos subir a la Sierra a visitar y ayudar a la limpieza de una finca cacaotera; efectuar diferentes actividades sobre el cultivo del cacao que los indígenas tenían y que estaba llevando de la mano de la federación de cacaoteros quienes nos explicaban todo el proceso desde la llegada, hasta el secado y la venta del grano, ese grano inmortal que denominaban los aztecas la bebida de los dioses y pronto conoceríamos en carne propia porque le tenían tanto respeto y admiración.
No quisiera avanzar sin detenerme en este momento , momento épico diría el poeta, de ahí la metástasis de la reconciliación , alguien pidió a uno de los voluntarios del programa de reinserción nos contaran sus vivencias y opiniones sobre los proceso de desmovilización de las AUC y como lograron reinsertarse a la sociedad civil, pero oh sorpresa encontrarnos con realidades distintas, fueron palabras que describirían las angustias, las represiones, las discriminaciones, los ataques a los que fueron sometidos después de la desmovilización, esos minutos lograron su cometido, la identidad, el entendimiento, la reconciliación, el grupo de reinsertados temían ser rechazados, pero al contrario sintieron que todos aceptaron su condición de arrepentidos e incluso se generó un espacio para mercadear sus actividades turísticas, aquellas actividades que han logrado unirlos, sacarlos adelante y proyectarlos socialmente, de eso trataban los ruidos de aquellos tambores, por fin entendimos el laboratorio, esa gestación minúscula debía trascender en un país lleno de intolerancia, aquella misma que alejó a nuestros hermanos mayores del mar, de la playa, de sus pagamentos y de sus conocimientos. Llegó la hora de partir hacia la finca cacaotera y en fila india apretamos el paso cerca de 40 minutos de ardua subida, muchos se rezagaron, otros esperábamos con las heridas del combate a que por lo menos uno de los tabacos se consumieran, era la medida que a mi entender significaba lo lejos que estábamos del campamento, nuestro guía decía que a dos tabacos de distancia.
Por fin llegamos de inmediato, herramientas en mano y con la marcha trabajamos en la limpieza del cultivo, no sin antes explicar la importancia del Cacao en sus comunidades, entendimos que estos cultivos representaban la sustitución de aquellos ilícitos que los grandes terratenientes implantaron en sus tierras arrebatadas a sangre y fuego, el momento esperado para devolverle parte de lo que muchos acreditaron en el pasado.
De nuevo aquella voz, esa voz que temprano o por la tarde nos reunía para planificar, retumbó de pronto con una noticia esperanzadora, pero que traería consigo una aventura épica digna de guerreros que sumaban voluntades. Dijo la voz, podemos devolvernos por el rio en lancha, en ese momento mi corazón saltó, mis pies estaban reventados de ampollas y bajar caminando solo tendría una opción, descalzo, en ese momento salte de mi dolor y me propuse a ser el primero en la lancha sin saber que nos esperarían 2 horas de larga caminata por la playa.
Una vez en las lanchas, zarpamos por el rio Don Diego, un rio hermoso, verde, vivo, donde encontraríamos la unión con el mar, sus aguas tejían el embrujo de su encuentro con la puesta del sol. Ya en tierra el lanchero dijo; bordeen la playa y enseguida llegan, lo más lejos de la realidad, caminábamos enterrados en la fina arena. Caminábamos y el mar infinito celoso nos perseguía sin dejarnos un minuto, los cangrejos marchaban de lado como preparándose para expulsarnos, las olas batían con fiereza sus aguas. En el campamento nuestros compañeros se preguntaban dónde estarán los del cacao, no llegan, ¿qué habrá pasado? de pronto uno a uno fuimos asomando nuestros rostros cansados, mojados y con una sonrisa de agradecimiento a la vida, a Katanzama por habernos permitido acariciar su belleza. Eran como las 6pm de la tarde, teníamos que cenar, lavar los platos, nos anunciaron que bebíamos estar a las 7 pm en el resguardo donde el mamo quería compartirnos sus expresiones, debíamos llevar sillas para sentarnos, fue así, como en círculo compartimos sus danzas ,el sonido de las flautas , de las ocarinas , los tambores de los wayuu retumbaban al ritmo de la yonna o chicha Maya, donde representaban un combate danzarín donde la mujer trata de tumbar al hombre, quien retrocede para escapar de sus atributos, de pronto nos invitaron a tomarnos todos como un solo cuerpo de las manos e insertarnos en sus danzas, a vivir sus movimientos circulares, pausados, pero armoniosos, a integrarnos bajo la mirada de la luna y las estrellas, quienes aprobaban el encuentro.
Al tercer día de nuevo la rutina del baño, del desayuno, de organizar el día, todos sabíamos a donde dirigirnos, cada guía consolidaba sus equipo y avanzábamos, fue un tercer día de trabajo duro, arduo, donde cada equipo dejo plasmado sus esfuerzos y aportes; la huerta tomó forma y se evidenciaron los surcos empedrados, la tierra fértil, preparada para la siembra, el cercado tenía la altura que trazamos, delimitaban sus tierras, los árboles plantados en la jornada de reforestación servirían en el futuro de testigo de nuestra visita , las aulas cambiaron su expresión, tomaron colores y el mural plasmaba la lengua de Katanzama.
Por la noche nuevamente deberíamos estar en la plazoleta para realizar un ritual donde cada voluntario debería despojarse de toda circunstancia negativa que quisiéramos dejar olvidadas, para marcharnos distintos, renovados. Habría que plasmarla en una hoja para quemarla en una hoguera donde cada voluntario debía dirigirse y arrojar al fuego para despojarse del pasado, fue ordenada y purificamos nuestro cuerpo con te de coca, infusión que fue servida por nuestros anfitriones, cada voluntario probo el preciado menjurje creyendo y aceptando que a partir del día siguientes seriamos mejores personas, despojadas de todo pensamiento y actitud adversa, otro noche de danza, de abrazos, de encuentros, de poesía, de tambores, de estrellas.
Terminada la jornada se dio la orden de reubicar las carpas debido a la amenaza de la tormenta que podría afectarnos en la noche e inundar el área donde dormitábamos, fue caótico las carpas danzaban de un lado a otro bajo la mirada desafiante de las autoridades del resguardo quienes anunciaban tranquilidad y como ellos sabían no pasaría nada, como si alguien les hubiera anunciado que Katanzama era intocable y que sus visitantes debían ser protegidos, esa noche muchos no durmieron preocupados, incomodos, pensando en la partida.
Al día siguiente temprano desayunamos, se levantaron los campamentos, nos mirábamos con una tristeza profunda, las clases se terminaban y ahora debíamos partir para multiplicar el significado de lo que el resguardo soñó que un día seria aquella lengua, aquel delta embrujado, cargado de misterios y sabiduría, no sin antes recibir el obsequio más importante de la comunidad, una aseguranza que llevaríamos en nuestras muñecas por siempre, la que nos reconoce como parte de aquel sueño, de aquella realidad llamada reconciliación e integración.
Hoy cuando han pasado los días que han pasado, siento de corazón que no he podido regresar de aquel sitio que embrujó a todas las delegaciones que presenciaron el reencuentro histórico de culturas que por muchos años marcharon por distintos senderos de los cuales no hemos podido regresar.
TELEFÓNICA MOVISTAR
